Críticas libros actuales/Críticas literarias

“Memorias de abajo”, de Leonora Carrington (por Almu)

El coche y yo

“La vida y las pasiones son la base de la razón.” G. Santayana.

Ella era el coche justo antes de estrellarse. También fue el mismo coche que consiguió enderezar su trayectoria y seguir adelante. Escribió sobre su propia locura para entenderla y domarla como al león de la tristeza. Así arriba como abajo, dicen los principios alquimistas, vida y pasión que se enlazan en una mente atada a la cama de un hospital. Leonora Carrington, autora de Memorias de Abajo, libro y diario que narra su historia, es la protagonista de esta transición entre demencia y razón.

La última apuesta de la editorial Alpha Decay trae de nuevo a las librerías las páginas secretas en las que la escritora desarrolló sus manías y la verdad de una época oscura en la que todos los rostros eran uno y se llamaban Doctor Morales. Rebelde e indómita, decidió fugarse a los diecisiete con uno de los grandes amores de su vida, el pintor alemán Max Ernst. En París descubrió la bomba surrealista y el río efervescente de las vanguardias en una ciudad a esperas de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). En este punto es donde comienzan las memorias del subsuelo, al estilo de Dostoievski.

Sin la compañía de su amante y huida en España, la artista de origen inglés se vio envuelta en otra urbe que nunca dormía y todavía guardaba estertores en el pecho de la Guerra Civil (1936-1939). Hambre y miedo, un clima conflictivo y pocas luces en una política dictatorial que ella criticó en las calles a pleno pulmón. Ante esto, su familia, de alta cuna, decidió interceder para llevarla a un maniconio de Santander donde toda su posible enajenación quedó puesta a prueba por la crueldad de los médicos que la trataron. Sus palabras describen escenas y horrores que rompen esquemas y hacen comprender las frases extrañas, ecos de pesadillas y más símbolos abstractos que hunden al lector en el cerebro de una anti heroína.

Consiguió escapar gracias a la mediación del que después sería su marido, pasando por otros lugares con la casa a cuestas y los restos de una fogata con restos de cenizas mal apagadas. El ocaso de su vida respiraría ya para siempre entre los cigarros de Diego Rivera, los huesos de Frida Kahlo y las risas de Remedios Varo, los puños de Luis Buñuel y el asesinato de León Trovsky. México se transformaría en su isla de plástico, en la admiración de Elena Poniatowska y en su tumba, como bien demostraron tanto sus escritos como sus cuadros.

Porque Leonora Carrington sabía bien que ella era el coche.

El coche que pudo haberse estrellado pero no lo hizo.

 

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