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Lecturas para el verano (por Pablos I, II y III & Poetón)

Al lío: si te parece, yo te recomiendo seis distintos y tú los pones donde quieras. Para no repetirme con Guimarães Rosa, Sciascia, Schwob y tal y cual, me limito a lo que más me ha gustado, que yo recuerde, en el último año y medio (2015 y lo que llevamos de 2016)…

DIÁLOGOS INCONSTRUCTIVOS: LECTURAS PARA EL VERANO

El 15 de junio de 2016, 11:17, Pablo Nacach escribió:

¡PMS’s and Fer!

Fantástica clase ayer la dedicada a textos PMS, leímos “Accidente” y “Por qué no he escrito un cuento erótico y luego Milonga del corrector, y con este hicimos el ejercicio tipo “Soy corrector y me dan textos para corregir”, fantástico, el de Magalí divertidísimo empezaba así: “Soy profesora particular de francés y no me dan alumnos, me los tengo que buscar…”.

Aprovecho el email para vender Seat Panda y preguntaros dos cositas para que me contestéis cuando podáis, para las recomendaciones del verano de este año del Club, si podéis con una línea explicativa del por qué debajo:

* Tres libros que os hayan impactado en los últimos 5 años y por qué.

* Tres libros recomendados para este verano y por qué.

¿Puede ser? Luego los recopilaré en un listadillo para darle a la peña del Club…
¡Abrazos!
PNR-C (Nacach Rodríguez-Carrera).

El 15/06/16 a las 13:35, Pablo Moíño Sánchez escribió:

Me alegro de que fuera bien, Pablín. Al lío: si te parece, yo te recomiendo seis distintos y tú los pones donde quieras, que yo lo de recomendar para el verano ya sabes que no lo veo. Para no repetirme con Guimarães Rosa, Sciascia, Schwob y tal y cual, me limito a lo que más me ha gustado, que yo recuerde, en el último año y medio (2015 y lo que llevamos de 2016):

Mercè Rodoreda, La plaza del Diamante (1962; trad. de Enrique Sordo, Edhasa, 1965). Este es el libro que más me ha gustado en mucho tiempo y ya lo he regalado tres veces (en librerías de viejo como Alcaná lo tienen por menos de un euro). Es increíble que se publicara el mismo año que Tiempo de silencio y fuera de Cataluña sea tan poco conocido (bueno, conocido sí es, pero quiero decir canónico, vaya). Estoy seguro de que si lo hubiera escrito un hombre en Madrid habría tenido bastante mejor suerte. Esta novela sobre todo es el lenguaje: sencillo, afiladísimo, con imágenes muy potentes, conmovedor sin ningún sentimentalismo. Y la inteligencia de la autora.

Rodolfo Walsh, Operación masacre (1957) y ¿Quién mató a Rosendo? (1968), las dos editadas hace no tanto tiempo en 451, 2008 y 2010 respectivamente. Estos dos libros cuentan como uno solo (mira, ya empiezo a hacer trampas). Los escojo por la implicación política, por la honestidad y por la fuerza: porque los lees y te dan ganas de escribir como Walsh y de ser como Walsh.

Yan Lianke, El sueño de la aldea Ding (trad. de Belén Cuadra Mora, Automática, 2013). La historia es real y se cuenta en la primera página: a primeros de los ochenta, en China, empezó a traficarse con la sangre y al cabo de un tiempo pueblos enteros se habían infectado de sida. Es un novelón (quizá, por lo gordo, apetezca leerlo en verano) escrito como un poema.

Marguerite Yourcenar, Memorias de Adriano (mil ediciones, trad. de Julio Cortázar, hoy en Edhasa, aunque yo me lo leí en francés). De este libro se han dicho tantas cosas que no sé bien qué añadir. Yourcenar es una escritora como la copa de un pino, y el estilo es tan limpio, y el personaje tan sosegado, tan inteligente y tan humano que qué sé yo.

Michèle Audin, Une vie brève (Gallimard, 2013). Todavía no está traducido, pero yo estoy en ello: tengo a un editor medio convencido y, si hay suerte, igual el año que viene consigo publicarlo. El protagonista del libro es el padre de la autora, Maurice Audin, matemático, miembro del Partido Comunista, militante por la liberación de Argelia, torturado y asesinado a los veinticinco años por el ejército francés en 1957 y uno de los mártires más visibles de aquella guerra. Audin decide no contar lo que todo el mundo sabe, sino reunir los pocos datos que tiene de su padre. Por el tema y por su contención me recordó mucho al Perec de W o el recuerdo de la infancia.

(Pablín: si este de Audin no lo ves claro porque no está traducido, cámbialo por Mimoun, la primera novela de Rafael Chirbes, que también me encantó por el ambiente, por el personaje y por el autor, que no da concesiones).

Samanta Schweblin, Siete casas vacías (Páginas de Espuma, 2015). Llevaba un tiempo sin leer autores jóvenes hispanohablantes y Schweblin me ha gustado mucho: me parece que disecciona muy bien situaciones y personajes. Puede que el libro no me entusiasme tanto como cualquiera de los cinco anteriores (y tengo otros de los últimos meses que me gustan más: Aira, Onetti, García Márquez, Martín Gaite), pero te lo pongo como apuesta de futuro (aunque no creo que lo necesite, porque está vendiendo un montón).

Bonus track: los Poemas humanos de Vallejo. Hay que leer a Vallejo, coño.

Besos, Pablo I

El 15/06/16 a las 16:32, pablo martín escribió:

Venga, rapidita y al pie (igual me repito, porque ya no recuerdo qué recomendé la otra vez):

Ánima, de Wajdi Mouwad (Destino, 2014), porque es BRUTAL en todos los sentidos y porque me hizo llorar mientras la traducía (snif). Una de las mejores novelas que he leído en la última década (o decenio para mi Tocayo);

Mierda bonita, de Pablo Gispert (La Uña Rota, 2015), porque ha sido un auténtico e inesperado descubrimiento, un bonito puñetazo en los morros;

El sentido interrogativo, de Padgett Powell (Alpha Decay, 2012), ¿y tú me lo preguntas?

Para el verano:

La casa de hojas, de Mark Z. Danielewski (Alpha Decay/Pálido Fuego, 2013), porque para flipar no hace falta dar la vuelta al mundo;

Yo confieso, de Jaume Cabré (Destino, 2011; si alguien lee en catalán: Proa), porque lo leí en verano y me tuve que devorar la mitad de sus mil páginas en dos días, y fue una delicia;

Sábado, de Ian McEwan (Anagrama, 2012), porque es una novela que sucede en un día pero te dura todo el verano.

Hala, ni una mujer, ya me vale. Y eso que este año me he propuesto leer a más mujeres que hombres.

Abrazos a uno y otro lado del Atlántico, PmaS.

El 16/06/16 a las 20:24, Fernando López escribió:

¡Salve, queridos escritorzuelos! Ya echaba de menos estas cadenas de correos (creo que la última vez incluso nos pusimos políglotas). Pero sí, de acuerdo con Pablo II, lo que nos falta de verdad es un partidazo de fútbol, chingados, una batalla épica de dos horas con pases cortos y “cuadrangulando”, o sea un “novelón escrito como un poema”. Va mi lista, igual que Pablo I sin distinción de estaciones (o para leer siempre como si fuera verano):

A nuestros amigos, del Comité Invisible (Pepitas de calabaza, 2015), para “los que sienten que el final de una civilización no es el fin del mundo; a los que ven la insurrección, sobre todo, como una brecha dentro del reino organizado de la necedad, la mentira y la confusión”.

El archivo de Egipto, del maestro Sciascia (la edición más accesible, en Tusquets), una muestra más de cómo mezclar reconstrucción histórica, tensión policiaca y análisis de la (triste) condición humana, con el añadido de una impostura literaria que no disgustaría a Borges (como lo oyes, Pablo III).

Vértigo, de W. G. Sebald (Debate, Anagrama), no es una novela, no son relatos, no es un ensayo, no es Vila-Matas… Una escritura seductora sin nada de ostentación. Ojo: este libro puede cambiar tu percepción cotidiana, tu forma de caminar…

La piel, de Curzio Malaparte (yo lo tengo en una edición de 1967 de una desaparecida editorial Época, pero hay ediciones más recientes, claro, aunque Malaparte no esté de moda): “pese al universal y sincero entusiasmo, no había en toda Nápoles un solo napolitano que se sintiese vencido. No sabría decir cómo pudo nacer este extraño sentimiento en el corazón del pueblo. No cabía la menor duda de que Italia, y por consiguiente Nápoles, había perdido la guerra. Es indudablemente más difícil perder una guerra que ganarla. Para ganar una guerra todo el mundo sirve, pero no todo el mundo es capaz de perderla. Sin embargo, no basta perder una guerra para sentirse un pueblo vencido”. ¿Es posible mantener ese nivel durante 300 páginas? Sí, es posible. Un homenaje a lo que queda de “pueblo”.

Los 43 de Iguala, de Sergio González Rodríguez (Anagrama, 2015), con pruebas de la implicación del Estado en la masacre (que no fue algo aislado) y algunos datos incómodos para los activistas del espectáculo. Una buena introducción para quien quiera seguir investigando.

Aquí, de Daniel Sada (Fondo de Cultura Económica, 2007), sí, sí, tenía que haber algo de poesía; pues recogiendo la sugerencia de Pablo I, yo creo que este Sada tiene algo de Vallejo, pero el de Trilce, ahí es nada, y Aquí es mucho.

Abrazos y seguimos, caros chicuelos de afilada pluma, Fernando.

El 30 de junio de 2016, 17:17, Pablo Nacach escribió:

Pablines and Fer…

Aquí os paso mi relato emailistico de mis lecturas recomendadas para el verano así sigo con similar estructura. No se trata de lecturas para verano estrictamente hablando, son más bien libros que me han impactado más de lo normal -entiéndase por normal lo que se desee- en los últimos tiempos. Aquí van:

– Sin duda alguna mi archirecomendado Martin Eden, de Jack London, en bella edición y correcta traducción según mis análisis nada especializados en Alba Editorial, al que llegué gracias a la lectura del Pnin de Nabokov (Anagrama), que lo mete en una anécdota. Y su lectura en el tren Lyon-Toulouse hace dos veranos, y el desconcierto de pensar cómo nadie me lo había puesto en las manos a mis 18 años, error con rojo de la cultura y la educación de Argentina (aunque una mancha más qué le hace al tigre). Esto es lo que me escribió un importante escritor y periodista y sobre todo gran lector cuando lo leyó:

“Querido Pablo: sentí no verte en el “clásico” para darte efusivamente las gracias, y personalmente, por el feliz entusiasmo que me procuraste al recomendarme Martin Eden. Veo que no te equivocas nunca cuando se trata de libros. Me pongo a tus órdenes para que sigas proporcionándome el placer de leer que, a partir de los últimos desengaños editoriales, se me había convertido en poco menos que indeseable. Gracias de nuevo por tu tino y por haberme dado a mi, de paso, en el centro del corazón y en la cruz de mi desaliento con la escritura. Un fuerte abrazo… X”.

– Prescindiendo del fabuloso La cabeza de Goliat de Ezequiel Martínez Estrada, escrito en 1940 y editado por Revista de Occidente, obra cumbre de la sociología urbana y la literatura clásica (y viceversas), siempre la cabra tira al monte y de Argentina rescato un salto que va de la Pampa y su creación (léase: su conquista al indio) a la literatura con mayúscula: así, en primer término el maravilloso Una excursión a los indios ranqueles, del general Lucio V. Mansilla (Biblioteca Ayacucho) que como el mejor de los baqueanos (rastreadores) retrata la campaña del Desierto (donde había indios, claro) de finales del siglo XIX, eje vertebrador en la construcción de esa cosa extraña a la que habitualmente llamamos Argentina. En segundo término, un libro inquietante: El desierto y su semilla, de Jorge Barón Biza (editado por 451), un agudo relato de lo que para mí es el peronismo (si pudiéramos poner tan rutilante verbo a él asociado). No estaría mal completar este programita de encierros argentinos con dos libros que narran duras peripecias dictatoriales: Los pichiciegos de Fogwill (Periférica) y Dos veces junio de Martin Kohan (DeBolsillo).

– En septiembre harán 20 años que vivo fuera de Argentina, en otra cosa extraña a la que habitualmente llamamos España, y sin duda uno de los mayores privilegios fue ir adentrándome en su literatura. Al margen de mis adorados Tiempo de silencio de Luis Martín-Santos y Nada de Carmen Laforet, que estructuraron mi querido Barcelona-Madrid. Sobrevivir a la ciudad, dos libros que se dejan leer y que no dejan de prometerme Españas diferentes: el bellísimo La forja de un rebelde de Arturo Barea (tres tomos en la colección del diario El Mundo que se pueden encontrar a 10 euros) y el amenísimo El maestro Juan Martínez que estaba allí, de Manuel Chaves Nogales (Libros del Asteroide).

– No puedo dejar evidentemente de mencionar un par de libros al menos de sociología y filosofía, con minúscula que con mayúscula sólo se escriben Maradona y Messi. Lo que dijo Nietzsche, de Massimo Montinari (Salamandra), una extraordinaria biografía/bibliografía/pensamiento sobre el autor del Zaratustra, de alguien que sabe un poco del tema, pues fue el encargado, junto a Giorgio Colli, de ordenar el Archivo Nietzsche en los ’60 y despegarlo de las tropelías que había cometido la malvada Elizabeth Forster-Nietzsche, hermanísima del susodicho. El otro para sí mismo, de Jean Baudrillard (Anagrama), no dejó de sorprenderme con sus incisivos comentarios tan bien hilados (casi a la altura de una maravilla sociológico-psicoanalítica también suya: El intercambio simbólico y la muerte, editado en Monte Ávila). Y, finalmente, reivindicar la potencia maldita y militante de mi amigo Christian Ferrer, que en su Mal de ojo. El drama de la mirada (Octaedro) traza las coordenadas de un mapa técnico-político que todavía no se ha desplegado del todo, dibujado por su gran pluma en el lejano 1996.

Creo que nada más chavalería, juntaré todo y lo pondré bonito para dar impreso a la peña necropia, filosófica y bagateliana.

Abrazos miles, Pablo III (I de Argentina).

 

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