Filosofía/General

A Moíño lo que es de Moíño

Nuestro querido amigo y profesor Pablo Moíño nos regala el lujo de publicar su maravilloso cuento “Paradoja del libre encadenado” -publicado en Celestina Cartonera en 2011 y por Fundazioa Atlhetic Club en 2014-. La fotografía que acompaña este post es de Andrea Nacach.

Pero antes de leerlo haríais bien en leer nuestras “frases reclamo” al mismo, que si las ponemos al final el imacto de la lectura del cuento no os dejará leerlas.

El oficio mal desempeñado por un futbolista que se pone absurdas reglas (como tirar a puerta sólo con la cabeza), le devuelve la alegría de vivir. MARRONE

Con oficio, oficioso y nada oficial se nos presenta este relato en el que un héroe de nuestro tiempo -ese futbolista que todos llevamos dentro- consigue insuflar algo de aire y de arte a un deporte al que ya poco le queda de juego, pero aún tiene mucho para enseñarnos a vivir. PABLO

El oficio de escritor tiene implícita tanta creatividad como muchas otras profesiones, asimilándose a trabajos tan diversos como el de futbolista o conductor de autobús. Esto es lo que nos muestra Pablo Moiño en su cuento, en el que utiliza el OULIPÓ como una metáfora del mundo y de un particular estilo de vivir. DANI

Cualquier oficio puede ser visto como una fuente inagotable de creatividad e imaginación, según Moíño. No se trata de refugiarse de la vida en el fútbol, sino de utilizar el fútbol como una forma de potenciar la fantasía de vivir. CARLOS

PARADOJA DEL LIBRE ENCADENADO

(SALUTACIÓN Y CODA A LA ¿NOVELA? HABLÓ EL VALIENTE, DE ROMÁN SEMPERE)

Pablo Moíño Sánchez1

Para Pedro. Para los héroes del martes.

Con la Banana. Contra los malvados.

No quedarán para la Historia sus regates, sus rabonas, sus amagos de chilena. Tal vez tampoco sobresalgan las virtudes literarias de su libro póstumo. Pero Habló el valiente,

la recién publicada autobiografía de Román Sempere (1960-2006),2 destaca sin duda

por su originalidad y nos reconcilia con la figura del futbolista-pensador, popularizada

—y agotada— en su momento por la isla Valdano.

No se trata de las memorias de una estrella del deporte, escritas a cuatro manos con ayuda de algún periodista hábil y con oficio; tampoco del clásico libro de revelaciones en que un deportista de segunda fila narra su vida junto a, destapa escándalos y peripecias sexuales de o revela las turbias guerras médicas en que se vio inmerso con. Habló el valiente es un texto rabiosamente personal, desesperado, desafiante ya desde la dedicatoria —«A tu puta madre, lector»—, escrito con la urgencia de la enfermedad que, apenas mes y medio antes de la publicación del libro, acabó con la vida de Sempere.

La primera parte de la obra narra el despertar del autor a la vida y al deporte: hijo de un panadero alicantino y de una maestra ilerdense, Román Sempere Capdevila nace en Manresa en 1960, y allí transcurre toda su niñez. Animoso, competitivo, moderadamente alto, se interesa muy pronto por el baloncesto: de niño acude a ver los partidos del CD Manresa —que años después, ya patrocinado por TDK, ganaría una liga— y con doce años decide inscribirse en las categorías inferiores. Un codazo le rompe la nariz el mismo día de las pruebas, durante el partidillo final, y Sempere abandona por un tiempo su interés por los deportes. Dos años después repite curso: entre sus nuevos compañeros de clase se encuentra Manuel, un joven aficionado al waterpolo. En 1975, ambos entran a formar parte del Club Natació Manresa. Sempere abandona el equipo ese mismo año; su amigo permanecerá allí cuatro temporadas y después se marchará al Barcelona.

El interés de nuestro protagonista por el fútbol es tardío y solo se manifiesta tras los dos fracasos anteriores. Si bien su técnica, como él mismo reconoce, «siempre dejó bastante que desear» (pág. 45), Sempere es corpulento y enseguida se hace con un puesto en la zaga del Manresa, donde debuta en 1982; de allí se marcha a los tres años, primero al Blanes y después al Mataró. Por fin —y aquí comienza la segunda parte— llega a Sabadell en agosto de 1989: acaba de fichar por el equipo de la ciudad, entonces ya en Segunda División. El conjunto barcelonés, tras un año en que se mantuvo a duras penas en la máxima categoría (finalizó decimoquinto la temporada 86/87), había sido el penúltimo clasificado de la 87/88. Como recuerda el autor, nostálgico y un punto vehemente (pág. 71):

El 22 de mayo de 1988, el Sabadell vistió por última vez la camiseta arlequinada en Primera División; Manzanedo, Saura, Maestre (Valdenebro), Sala, Fradera, Celayeta, Nacho, Alcelay, Rubio, Kitanovski y Villarroya fueron derrotados 2-0 por el Athletic en San Mamés. Sus rostros y figuras —ya controlando un balón, internándose por la banda, deteniendo a un contrario o rematando acrobáticamente—, en compañía de los de otros habituales como Perico Alonso, Lino o Pinki, fueron los últimos que del Sabadell memorizaron e intercambiaron miles de niños españoles, en la colección oficial de cromos de la liga.

Tras el descenso, algunos de los jugadores más emblemáticos del club emigran a otros conjuntos recién ascendidos o ya asentados en Primera. Maestre se marcha al Español, Villarroya al Burgos; el joven Joan Barbará, años después ariete titular del Salamanca, todavía permanecerá en la Nova Creu Alta un par de temporadas. Los ingresos en Segunda División son escasos; los fichajes, forzosamente discretos. El Sabadell tantea a varios futbolistas jóvenes y desconocidos y a veteranos cuyo período en Primera se ha terminado. El resultado es decepcionante: terminan decimoterceros, más cerca de Segunda B que del ascenso. Entre los refuerzos para la temporada siguiente se encuentra Sempere, que alterna los entrenamientos con un trabajo como conductor de autobuses. El ascenso sigue siendo el único objetivo, le dicen presidente, entrenador y compañeros. Sempere comprende de inmediato que nadie piensa en el regreso del equipo a Primera.

Es en Barcelona, durante las semanas previas al inicio de la liga, donde se produce el primer encuentro entre el de Manresa y un extraño personaje, Z, narrado en Habló el valiente de forma ambigua, elíptica (pág. 83):

Por aquellos días, en un bar de Barcelona, me presentaron a Z. Era dibujante y publicaba viñetas de humor con seudónimos (¡y estilos!) diversos en varios periódicos nacionales. Nadie sabía a ciencia cierta su nombre auténtico ni su edad, aunque debía de andar por los treinta y tantos; tampoco supe nunca de dónde venía, probablemente de alguna oscura ciudad belga o algo así. Empezamos a vernos con frecuencia.

Curiosamente, las menciones a Z son tan vagas en el libro que ni siquiera queda claro si se trata de un hombre o de una mujer: jamás aparece en compañía de adjetivos o sustantivos que indiquen su sexo. Por lo demás, es posible, aunque tampoco se puede asegurar, que la ausencia de marcas en el género de todo lo que rodea a este enigmático individuo sea un recurso literario de Sempere.3 Lo cierto es que —hombre, mujer, metáfora, invención— Z será determinante en el comportamiento (vale decir: en el modo de vida) futuro del deportista catalán. Así, descubre a Sempere la literatura experimental francesa (págs. 92-95):

Ante mí se abrió un mundo nuevo. Entrenaba por las mañanas, trabajaba en el autobús por las tardes y dedicaba las noches a leer todo cuanto Z me ofrecía. Traducciones de Roussel, Leiris, Perec, Queneau. […] Incluso asistí a clases de francés durante un par de meses, para poder leer las obras originales, pero […] no hubo manera de aprenderlo. […] Z me traducía. A veces yo le pedía que me leyera fragmentos en francés. Normalmente no me enteraba de nada. […] Éramos muy felices.4

Y más adelante, con una polisemia tal vez algo cándida: «Yo nunca había sentido inquietudes artísticas. Sin embargo, a Z le debo el mayor descubrimiento de mi vida: haber comprendido que la creatividad y el arte son posibles en cualquier profesión, en cualquier campo, incluidos los de fútbol» (pág. 99).

A partir de ese descubrimiento asistimos, durante toda la tercera parte del libro, a un inventario exhaustivo de retos —o de contraintes, por utilizar el término técnico, que Sempere parece no conocer—;5 a lo largo de treinta y ocho domingos consecutivos, desde el 3 de septiembre de 1989 hasta el final de la temporada (26 de mayo de 1990), Sempere lleva a cabo una pequeña obra de arte, siempre diferente, que dura noventa minutos: salvar, sin que nadie a excepción de Z se entere, un escollo, una prueba distinta cada vez (págs. 103-104):

El primer día, pese a los nervios, fue relativamente fácil. El reto consistía en no tocar el balón hasta haberlo hecho con la cabeza. Eso significaba jugar por delante, lejos de mi posición, sin buscar nunca el pase de un compañero a no ser que fuera por alto. Así corría yo hacia el área, siempre cerca del defensa rival, ignorando tiralíneas y desmarques.

Menos mal que la angustia duró nueve minutos: en un saque de esquina a nuestro favor, desoyendo los ruegos de un compañero ya preparado para el remate, me lancé en plancha al balón con el solo propósito de golpearlo, se dirigiera hacia donde se dirigiera. Así lo hice: la bola se fue a las nubes y me gané una buena bronca de mi colega. Creo que por primera vez en mi vida, ya libre en los ochenta y un minutos que quedaban, jugué para divertirme. Tenía veintiséis años.

Desde ese día y en adelante, páginas y páginas de retos superados ante la mirada cómplice de Z, que lo observa desde la grada. La novena jornada, frente al Atlético de Madrid B (que descendería ese año, junto con el Real Madrid B, el Racing de Santander y el Recreativo de Huelva, a Segunda División B), Sempere no puede tocar la pelota por primera vez hasta que no se la pase el número 7: la labor consiste, entonces, en acercarse a él sin descuidar la posición; en conseguir que sea el 7 quien reciba más pases de sus compañeros, quien se encargue de lanzar los libres indirectos y los córners.

Si juega para el 7 sin balón, a la fuerza acabará recibiendo balones del 7. Tarda doce minutos en lograrlo; su equipo empata a dos. En la décima jornada, precisamente contra el Racing de Santander, pero esta vez en casa, tiene que ser Sempere y no otro quien haga el primer saque de banda del partido, lo cual le cuesta una tarjeta amarilla, puesto que dicho saque le correspondía al equipo rival. Sempere, que había tratado por todos los medios de impedirlo, acude enloquecido hacia el balón y, desoyendo el pitido del árbitro, saca de banda; luego alegará un despiste o un efecto óptico. El partido termina, de nuevo, en tablas: uno a uno.

En estas primeras semanas «de calentamiento», le explica Z (pág. 149), el objetivo es que la tensión tan solo afecte a los compases iniciales del partido; más adelante Sempere continúa jugando como si nada; o, para ser más exactos, continúa jugando con una alegría mucho mayor, abrumado por la cantidad de recursos, recién descubiertos, de que goza.

Pronto se acentúan las dificultades. La decimocuarta jornada, en el Sabadell-Levante (3-1), Sempere solo puede tocar el balón con la pierna derecha: nunca con la izquierda, ni con la cabeza, ni con el pecho. Afortunadamente, nuestro libre es diestro; y, aunque en dos ocasiones no le queda más remedio que tirarse al césped para no tocarla de cabeza y una vez, mediada la segunda parte, tiene que elevar la pierna derecha a la altura del hombro, «digamos que el partido transcurrió sin mayores problemas» (pág. 162). Mucho más difícil es el de la jornada siguiente, contra el Xerez en Jerez (1-1), cuando debe hacer lo mismo con la pierna izquierda. Ese día marca su primer gol de la temporada, un extrañísimo tanto a puerta vacía que se ve obligado a rematar de espuela y que no falla «de milagro» (pág. 170).

«En el fondo —piensa Sempere en voz alta—, aquello era una vuelta a la niñez, a aquellos veranos de Sant Pol en que mi padre y yo caminábamos por el paseo marítimo y el juego era pisar solo las franjas blancas o bien solo las rojas. Él siguió dando esos saltitos, evitando el color blanco, toda su vida, hasta que ya no pudo andar» (pág. 177).

Lo curioso de todo esto es que nadie parece comprender que hay algo extraño. La férrea ley que dicta el comportamiento de Sempere en los partidos pasa por completo inadvertida para el entrenador, que lo sigue utilizando como titular; y tan solo algunos detalles especialmente llamativos —despejes inverosímiles con la cadera, remates desde el centro del campo, bruscas y solitarias caídas sin balón— los asocia el público a carencias técnicas, excentricidades o baja forma física de uno de sus jugadores más queridos. Durante los primeros encuentros Sempere se muestra todavía agarrotado, nervioso; sin embargo, poco a poco, conforme la dificultad avanza y las constricciones se encadenan y combinan diabólicamente, su juego va adquiriendo soltura, desparpajo: una elegancia que jamás había conocido. ¿Quién podría imaginar, al cabo de los noventa minutos del angustioso Elche-Sabadell (1-1), que el defensa libre del conjunto visitante solo ha tocado el balón en el espacio delimitado por cada una de las áreas y el círculo central? ¿Quién se iba a dar cuenta de que, durante todo el Éibar-Sabadell (3-1), Sempere —autor del único gol de su equipo— ha jugado con la mano izquierda en la espalda? ¿Quién será capaz de descubrir que, en la que fue una de las mejores actuaciones de Sempere en toda la temporada (Sabadell-Las Palmas, 2-1), el reto consistía en no tocar el balón a partir del minuto 30?

Llegado cierto momento, el oscuro libre se siente un revolucionario, un adelantado a su época. Todavía entregado al juego, orgulloso y feliz, Sempere expresa a Z su preocupación una tarde en que los dos almuerzan en casa del protagonista: lamenta que nadie sea capaz de darse cuenta de lo que ambos —y dice exactamente eso: ambos (pág. 246)— están haciendo por el fútbol, por el arte. No consta en Habló el valiente la respuesta de Z; pero esa noche, al ir a acostarse, Sempere encuentra un libro bajo su almohada: una traducción de El oficio de vivir, de Cesare Pavese. Ninguna nota, ninguna pista; nada. Sempere examina detenidamente el volumen, que parece nuevo, no usado. Tan solo en las páginas finales hay una huella humana: alguien ha subrayado a lápiz el último párrafo del 17 de agosto de 1950, «¿Te asombra que los demás pasen a tu lado y no sepan, cuando tú pasas al lado de tantos y no sabes, no te interesa, cuál es su pena, su cáncer secreto?». En las cinco horas siguientes, el libre apenas puede conciliar el sueño. No comprende.

Cuatro jornadas antes de que acabe la liga, sobreviene la catástrofe. El Sabadell juega y pierde fuera de casa un emocionante e igualado derbi frente al Palamós por un gol a cero. Sempere, ya un virtuoso del obstáculo, apenas tiene que esforzarse para alternar pases con la izquierda (a los jugadores con dorsal par) y con la derecha (a los jugadores con dorsal impar), siempre al primer toque. Ese día, además, le está prohibido lanzar a puerta si no es de cabeza. Ha adquirido tal soltura en los treinta y cuatro combates previos, que hace ya tiempo se permite ciertas distracciones. Desde su posición, por delante de la defensa, Sempere observa al extremo izquierdo del Palamós, un joven corpulento y melenudo, que durante unos minutos parece empeñado en no tocar el balón; a cada rato amaga y deja que otro compañero saque de banda o de esquina, o bien no llega a ciertos pases que a Sempere le parecen escandalosamente fáciles. El libre recuerda entonces, como un latigazo, la cita de Pavese.

Al final de la temporada, el Sabadell ni siquiera entra en la lucha por el ascenso a Primera División; permanece en una cómoda séptima plaza. Sempere, que nunca ha destacado por su calidad técnica, sigue siendo, con todo, uno de los jugadores indiscutibles del equipo. «Ya psicológicamente mermado» (pág. 273), decide jugar los tres partidos que faltan y después retirarse del fútbol. No le dice nada a Z ni deja de cumplir con sus obligaciones artísticas de cada domingo. Ha comprendido y ya apenas le sorprende que el portero del Sestao jamás despegue las manos ni los pies para lanzarse en palomita, o que el mediocentro del Athletic de Bilbao B pase siempre con el interior del pie derecho al número 6, con el exterior del pie derecho al número 8, con el interior del pie izquierdo al número 9, con el exterior del pie izquierdo al número 11 y con la cabeza al número 7. Los arlequinados consiguen dos victorias en casa y un valioso empate a uno en el Benito Villamarín, ante un Betis que terminará la campaña como segundo clasificado, superado tan solo por el Burgos.

El final de la obra es desolador; también abrupto, probablemente forzado. Tal vez los lectores esperarían, después de la revelación final, un juicio de valor, un cambio en la manera de narrar, una confesión íntima acerca del dolor o la tristeza, un atisbo de locura, un amago de suicidio. Nada de eso. Ningún exabrupto, ninguna muestra de rencor salpica el texto. Sempere, primero como un cronista desapasionado y después como un observador discreto, concluye así, de forma inexplicable, su Habló el valiente (págs. 304-305):

Ese año descendieron de Primera División el Celta, el Rayo Vallecano y, tras una emocionante e igualada eliminatoria de promoción contra el Español, el Málaga, equipo donde, el año anterior, se había retirado del fútbol el polémico y genial Juan Gómez, Juanito. El Sabadell continuó en Segunda hasta la nefasta temporada 92/93, en que terminó en último lugar y además fue castigado con el descenso a Tercera División por deudas.

Yo dejé el fútbol y volví al autobús, donde sigo trabajando hoy. Allí, pese a lo que muchos opinan, también existe la creatividad.

***

He comprobado todos los datos «históricos», por llamarlos de algún modo, que Román Sempere ofrece en su libro. Más arriba hice mención a algunas de las novelas y libros de poemas, traducidos o no, a los que Sempere alude y a los cuales, sin duda, pudo tener acceso; añadiré ahora que la ficha de cada partido (oponentes, fecha, resultado, etc.) es, sin excepción, rigurosamente cierta; puede cotejarse en la red con la página oficial del Centre d’Esports Sabadell, http://www.cesabadell.org/. En cambio, huelga decir que el Sabadell nunca contó en sus filas con un defensa libre llamado Román Sempere. Lo razonable, lo lógico sería pensar que el nombre verdadero del jugador se esconde tras un seudónimo; pero, en caso de que así fuera, Sempere ha tenido la delicadeza de ofrecer los datos lo suficientemente enmarañados como para que no podamos descartar a ningún miembro del equipo, salvo tal vez (y ni siquiera) a los porteros. Así, diferentes jugadores del conjunto blanquiazul marcaron gol los días en que Sempere se declara responsable de las dianas; otros jugaron en la misma posición o fueron amonestados; etcétera. Las contradicciones son tantas y tales que da la sensación de que fue el Sabadell en bloque, como un solo futbolista, quien jugó con constricciones durante la temporada 1989/1990.

Tan solo he encontrado una falla, un motivo para el desasosiego: la cita de Cesare Pavese, que pertenece a la traducción de Ángel Crespo para la edición de El oficio de vivir en Barcelona: Seix Barral, 1992. Digo bien: 1992, cuando el hecho que se narra en Habló el valiente pertenece sin duda al segundo trimestre de 1990, ya a punto de terminar la liga. En ese momento solo se había publicado, que yo sepa, otra traducción española de la obra del poeta y narrador piamontés: la de Esther Benítez para Bruguera, de 1979, reeditada en 1980 y 1988, esta última a través del Círculo de Lectores. Ignoro si se trata de una simple inexactitud (Sempere pudo consultar y reproducir la cita años más tarde, sin saber que se trataba de otra versión) o de un quizá descuido del meticuloso, inexistente, apócrifo novelista Román Sempere, cuyo teórico deceso, poco antes de la aparición de Habló el valiente y ya en prensa la obra, supone otro motivo para la sospecha. Por mi parte, quisiera creer que el error ha sido voluntario: que se trata de un reto lanzado a la crítica, de un desafío —«A tu puta madre, lector»—, de un único asidero que permita desenredar y demostrar la falsedad de toda la trama. Quiero ver en esa cita, por utilizar de nuevo la denominación técnica, una especie de clinamen en un sistema coherente y ordenado.

Si damos crédito al colofón de la obra, Habló el valiente se terminó de imprimir el día 3 de septiembre de 2006, decimoséptimo aniversario del día en que Sempere inició su vertiginoso catálogo de constricciones futbolísticas; pero también —¿casualidad?— fecha en que se disputó la primera jornada de la Tercera División española en la actual campaña 2006/2007. Sabadell y Palamós, que al final de aquella heroica temporada 89/90 terminaron empatados (séptimo y octavo respectivamente, con cuarenta puntos cada uno),7 comparten hoy grupo en dicha categoría con el Blanes, el Mataró y el Manresa.

­­­­­­­­­————-

1

Nota del 1 de julio de 2011. Este trabajo, pergeñado, ejecutado y pulido a lo largo de siete meses y medio, fue enviado en mayo de 2007 al consejo de redacción de una revista filológica de cuyas infaustas siglas no merece la pena hacer publicidad. Pasado ya un tiempo más que respetable —creo— desde entonces, y todavía sin noticias acerca de su posible publicación, me permito hacer uso ahora de estas modestas páginas, sin tocar ni una coma (y sin modificar, por tanto, las alusiones del último párrafo, tan ligadas al momento en que fueron escritas; pero no adelantemos acontecimientos), en el espacio que tan generosamente me han concedido desde esta editorial.

2

Román Sempere, Habló el valiente, Barcelona: edición por cuenta del autor, 2006.

3

No sería, desde luego, el primer ejemplo conocido. Para limitarnos a autores contemporáneos de Sempere, citemos la novela Sphinx, de Anne F. Garréta (París: Grasset, 1986), que narra una historia de amor entre dos personajes sin ofrecer indicio gramatical que permita conocer el sexo de ninguno de ellos. Garréta es miembro del Oulipo (Ouvroir de Littérature Potentielle) desde 2000 (cf. http://www.oulipo.net/oulipiens/AFG).

4

Parte de la obra de Raymond Roussel (1877-1933) ya había sido traducida al español: Cómo escribí algunos libros míos [Comment j’ai écrit certains de mes livres, 1935], trad. de P. Gimferrer, Barcelona: Tusquets, 1973; Impresiones de África [Impressions d’Afrique, 1910], trad. de Estela Canto, Buenos Aires: Ed. de la Flor, 1973; Locus solus [Locus solus, 1914], trad. de José Escué y Juan Alberto Ollé, Barcelona: Seix Barral, 1971. También se habían publicado unos Poemas de Michel Leiris (1901-1990), con versión y prólogo de Antonio Martínez Sarrión, en Madrid: Visor, 1984, además de otros estudios artísticos del autor francés sobre Francis Bacon o la creación plástica en el África negra. La novela más emblemática de Georges Perec (1936-1982), La vida instrucciones de uso [La Vie mode d’emploi, 1978], acababa de ser traducida en 1988 por José Escué (Barcelona: Anagrama); antes se habían publicado en España Las cosas: una historia de los años sesenta [Les Choses: une histoire desannées soixante, 1965], trad. de Jesús López Pacheco, Barcelona: Seix Barral, 1967; W o el recuerdo de la infancia [W ou le souvenir d’enfance, 1975], trad. de Alberto Clavería, Barcelona: Península, 1987, etc. En fin: de entre las obras de Queneau ya disponibles en español por aquellos años, cabe destacar sus Ejercicios de estilo [Exercices de style, 1947], con versión y estudio de Antonio Fernández Ferrer, Madrid: Cátedra, 1987; Siempre somos demasiado buenos con las mujeres [On est toujours trop bon avec les femmes, 1947], trad. de José Escué, Barcelona: Seix Barral, 1982; La alegría de la vida [Le Dimanchede la vie, 1952], trad. de Carlos Manzano, Madrid: Alfaguara, 1984; o Zazie en el metro [Zazie dans le métro, 1959], trad. de Fernando Sánchez Dragó, Madrid: Alfaguara, 1978, entre otras.

5

El término contrainte —que suele traducirse al español por traba o, más a menudo, por constricción— alude a las restricciones impuestas voluntariamente por el autor. Véanse los volúmenes publicados por el Oulipo; al menos, La littérature potentielle (créations, re-créations, récréations), París: Gallimard, 1973, y Atlas de littérature potentielle, París: Gallimard, 1981. Como recuerda Marcel Bénabou en «Quarante siècles d’Oulipo (version abrégée et mise à jour)», Magazine Littéraire, 398 (2001), 20-26, «Ainsi apparaît le paradoxe, maintes fois signalé, de la contrainte linguistique : loin de bloquer l’imagination, ses exigences arbitraires l’éveillent, la stimulent, lui permettant d’ignorer toutes ces autres contraintes qui, ne relevant pas du langage, échappent plus aisément au contrôle»; véase el artículo completo, traducido al español, en http://perso.orange.fr/mexiqueculture/nouvelles6-cuarenta.htm.

6

El concepto de clinamen, que parte de Epicuro, fue formulado por Lucrecio en su De rerum natura: se define como una desviación espontánea en el desplazamiento de los átomos que permite su combinación con otros cuerpos y da lugar a la creación del universo, lo que se traduce en negación del determinismo. Dicho concepto es utilizado por Alfred Jarry y más tarde por los miembros del Oulipo, que lo convierten en reflexión acerca de la literatura; podríamos definirlo, en cierto sentido, como negación voluntaria y puntual de la contrainte. Para una formulación más extensa, véase Eric Beaumatin, «Le concept de clinamen dans le cadre de la théorie potentialiste de la littérature : propositions pour une textogénèse», en las Actas de las Primeras Jornadas Hispano-francesas de Creatividad y Literatura Potencial: homenaje a Raymond Queneau, coord. por José Reyes de la Rosa, Córdoba: Universidad, 2006, págs. 25-44.

7

Recuérdese que la victoria todavía proporcionaba dos puntos. No es necesario repetir que es en el partido Palamós-Sabadell —no antes ni después— cuando Sempere comprende el alcance de la cita de Pavese.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s