Club de Lectura/Filosofía/General

Florilegios/Florituras (por Delia)

He aquí un esbozo del tan comentado “proyecto Florilegios”, y mostramos el primer par de duplas de los primeros florilegios.

Básicamente los florilegios son textos de filosofía que remiten y explican textos literarios. Puede tratarse de relatos en los que un determinado filósofo se inspiró para elaborar un concepto, o bien textos específicos de literatura que son analizados por la filosofía; tenemos duplas y hasta triplas extraordinarias.

Florilegio: (Del lat. flos, flōris, flor, y legĕre, escoger).

  1. m. Colección de trozos selectos de materias literarias.

Objetivos del proyecto (basados en el texto de A. Badiou: “Seminario de Filosofía y Literatura”)

  • Mostrar qué texto influyó en qué pensamiento. El tipo de pensamiento que alguien desarrolle depende de las lecturas con las que entre en contacto/confrontación. Buscamos textos tales que, si el pensador no los hubiese leído, no se les hubiesen ocurrido esos conceptos originales.
  • Buscamos una relación genealógica, en que la literatura genere problemas filosóficos y lleva a la filosofía más allá de lo estético. La literatura ejerce una acción sobre la filosofía, y la filosofía interpreta lo que la literatura ha actuado sobre su pensamiento.
  • Buscamos una relación táctica de la literatura. Encontrar de qué manera diferentes pensadores utilizan la escritura tácticamente para reflexionar sobre un problema, para hacer una refuerzo en un combate crítico, para investigar un problema que plantea el texto, para construir un concepto nuevo, para concentrar en una imagen una serie de conceptos.
  • Utilización cínica de la literatura. Es bueno aquel texto que le sirve al autor, y no lo es lo que no le sirve en determinados momentos (y por tanto lo deshecha). ¿Cuándo el filósofo tiene necesidad de un cuento o poema para analizar? Cuando se encuentra en dificultades, cuando hay un problema muy complicado que hace que no pueda desplegar conceptualmente la cosa. Y todo lo demás del texto no le interesa.
  • Es la literatura como seducción, como exposición y como límite. Dentro del poema no se puede dar respuesta (de ahí el límite) y se utiliza la filosofía para tratar de dar respuesta a ese problema planteado. La literatura tendría una capacidad de seducción que no tiene el concepto en sí. Según Deleuze, la idea filosófica no es una reflexión, sino una construcción, un acto que es productivo de su propio espacio, y de ahí se crea un nuevo lenguaje filosófico.

Florilegio/floritura Deleuze – Fritzgerald

Gilles Deleuze [1] toma del ensayo autobiográfico de F. S. Fritzgerald “Crack-up[2] el corazón de su mensaje (“Evidentemente, toda vida es un proceso de demolición”), para exponer el proceso de agrietamiento que se da, inevitablemente, en toda vida.

Lo que le interesa a Deleuze es desmenuzar esa experiencia por la cual uno va viviendo pequeñas muertes a lo largo de su vida: “Evidentemente, toda vida” alude a la hendidura metafísica. De alguna manera nacemos ya con ella, pues es inevitable morir poco a poco, ir perdiendo cosas, relaciones, logros, deseos.

Esas pérdidas se sienten como finas grietas silenciosas e imperceptibles. Se producen a su juicio en dos momentos, aunque uno no sea consciente de ese ahondamiento hasta que es demasiado tarde:

1) El alargamiento de la hendidura (primera rotura que “parece suceder rápido pero puede que venga de lejos”).

2) La profundización de dicha grieta cuando esta se encarna por las embestidas de la vida (segundo momento que ocurre muy despacio, “casi sin que uno sepa“, pero se manifiesta de golpe, “repentina, sorprendentemente“).

El lúcido Fritzgerald (“muéstrame un héroe y te escribiré una tragedia”) nos lleva de la mano por su propia narración, buscando el momento de su quiebre personal (“me rompí como un plato viejo”). Ejercicio retrospectivo que todos hemos hecho alguna vez, parar y reflexionar sobre un misterio (“¿qué pasó entre dos puntos de una vida?”), y que nos hace seguirle irresistiblemente por sus palabras, con inquietud, como si estuviese pronto a revelarse.

De sí mismo, Fritzgerald explica que había vivido en el pasado todo tipo de sucesos devastadores (“las razones estaban ahí”), y sin embargo el desenlace se produjo en una época tranquila y sobria. Asistimos sobrecogidos a escuchar cómo sencillamente se retira de la vida (“me marché y había menos personas”), e inicia un sendero de distanciamiento en sus emociones por los demás, en el que la ajena “vitalidad ya no prende en él”. Aunque pueda reconocerla en otros o en el recuerdo borroso de sí mismo.

“Por supuesto que sucedieron muchas cosas, tanto en el exterior como en el interior: la guerra, la quiebra financiera, un cierto envejecimiento, la depresión, la enfermedad, la pérdida del talento. Pero todos estos accidentes ruidosos ya produjeron sus efectos en su momento; y no serían suficientes por sí mismos si no socavaran, si no profundizaran algo de toda otra naturaleza y que, por el contrario, no ha sido puesto de manifiesto por ellos sino a distancia y cuando ya es demasiado tarde: la grieta silenciosa.”

Deleuze intenta reconstruir su caso para saber qué pasa exactamente para que se desencadene el desmoronamiento. Toma el ejemplo del Fritzgerald alcohólico como paradigma del modo de percibir y encarnar ese ahondamiento de la grieta. El alcoholismo sería un método entre otros (la locura, el suicidio, las drogas) de llevar hasta el final esas pequeñas pulsiones de muerte que nos mueven.

Define la borrachera como un estado en el que se persigue una y otra vez la repetición del mismo efecto: el endurecimiento del presente, desde el cual se ve el pasado como algo lejano.

“El alcoholismo es el proceso de demolición mismo en tanto que determina el efecto de fuga del pasado: no solamente del pasado sobrio del que están separados (…) sino también del pasado próximo en el que acaban de beber, y del pasado fantástico del primer efecto. Todo se ha convertido en igualmente lejano y determina la necesidad de volver a beber.”

Se vive en dos tiempos a la vez, pues ese presente endurecido muestra tanto una fuga de ese pasado en el que se está sobrio, como un aplazamiento del porvenir. El alcohólico busca siempre alcanzar “la penúltima copa”, para poder recomenzar al día siguiente (si llegase a la última, sobrevendría el coma etílico y no habría posibilidad de seguir bebiendo mañana).

Deleuze plantea esta definición del sentido último del alcoholismo (“un bebedor es el que nunca deja de dejar de beber”) desde su propia experiencia[3], aunque él tuviese que dejarlo por su salud. O porque llegó al punto en el que beber ya le impedía trabajar, y para él la vida consistía en el desarrollo de lo creativo.

La cuestión radical que se plantea es si es posible hablar sobre la demolición, explicar este proceso de la grieta, si uno no lo ha vivido en sus carnes, aunque sea un poco, a través del alcohol, las drogas, la locura, el suicidio:

“¿Qué le queda al pensador abstracto cuando da consejos de sensatez y distinción? ¿Hablar siempre de la herida de Bousquet, del alcoholismo de Fitzgerald y de Lowry, de la locura de Niestzsche y de Artaud, permaneciendo en la orilla?[…] ¿O bien ir uno mismo para ver un poquito, ser un poco alcohólico, un poco loco, un poco suicida, un poco guerrillero, lo justo para alargar la grieta, pero no demasiado para no profundizarla irremediablemente? Donde quiera que se mire, todo parece triste. En verdad, ¿cómo permanecer en la superficie sin quedarse en la orilla?”

¿Se trata de una apología del alcohol, que sería necesario para poder hablar del quiebre metafísico? Deleuze va más allá, y lo que está planteando, como vitalista que es, es si es posible ahondar en la grieta “sin que acabe mal, con una reconquista vital”. ¿Cómo incorporar la grieta sin entregarse a sus efectos? La pregunta fundamental es esta, porque lo que quiere encontrar es otra manera de ser consciente de la grieta, sin olvidar el quiebre que ilumina, y sin caer en la autodestrucción y el nihilismo (“¿es posible reconstruir los pedazos?”)

Deleuze termina con una visión positiva, aquella de “no querer renunciar a la esperanza de que estas «revelaciones», a las que se llega a través del alcohol o la droga, puedan alcanzarse sin necesidad de recurrir a ninguna sustancia”. A la ilusión de que haya otras formas de experimentar el límite, de que la experiencia de la grieta pueda ser lograda por otros medios, como puede ser la explosión de lo creativo en uno, como tal es su propuesta filosófica, una escritura nueva que se crea a sí misma.

 Florilegio/floritura Deleuze – Carroll – Borges

En la décima serie de “La lógica del sentido”[4] Deleuze propone un sorprendente “juego ideal”. A diferencia de los juegos de la vida real, regidos por reglas preestablecidas, donde se decide según lo acaecido en un único punto (lo que ocurre si…) cuáles serán las consecuencias (…pierdo o gano), el juego ideal habría de contener el azar en todos los puntos del proceso.

Un ejemplo de “juego ideal” lo propone Carroll en las maravillas de Alicia[5]:

“[…] en la carrera de conjurados, en la que se empieza cuando se quiere y se termina a voluntad; y [en] la partida de croquet, en la que las bolas son erizos, los mazos flamencos rosas, los aros soldados que no dejan de desplazarse de un lugar a otro de la partida”.

En estos juegos explica Deleuze que “no hay reglas preexistentes; cada tirada inventa sus reglas, lleva en sí su propia regla. […] Las tiradas […] son cualitativamente distintas.”  Lo que parece es que “un juego tal, sin reglas, sin vencedores ni vencidos, sin responsabilidad, parece no tener ninguna realidad.” Es un juego puro que solo puede existir en el pensamiento, y además solo puede ser pensado como sin-sentido, “porque afirmar todo el azar, hacer del azar un objeto de afirmación, sólo el pensamiento puede hacerlo.”

Lo que trata Deleuze es de explotar al máximo el concepto de azar, extenderlo no solo a un punto del juego, sino a todas las etapas, como ocurre en la perversa “Lotería de Babilonia”[6] ideada por Borges.

En la tal Babilonia la lotería es general, gratuita y lo que a uno puede tocarle en suerte es su propia muerte. Se trata de un juego de azar unido a lo imprevisible de la vida. Además, Borges propone que sea un sorteo que se divida a su vez en infinitas suertes:

“Si la lotería es una intensificación del azar, una periódica infusión del caos en el cosmos, ¿no convendría que el azar interviniera en todas las etapas del sorteo y no en una sola?”

Todo comienza con una primera jugada azarosa: una sentencia de muerte, por ejemplo. Pero después se realiza una nueva tirada para decidir cómo dar lugar a esa muerte, que a su vez desencadena diferentes soluciones alternativas. Así se desplaza infinitamente el momento en que se cumple la sentencia de muerte inicial. La lotería pasa así a ser un juego metafísico de combinaciones infinitas.

Deleuze se maravilla ante ese tiempo que nos sugiere Borges: “¿Cuál es este tiempo que no precisa ser infinito, sino solamente «infinitamente subdivisible»?” Podemos añadir: ¿Se trata de un tiempo infinitamente divisible, que también existe solo en el pensamiento?

Borges ama los laberintos. Este tiempo que se divide infinitamente se corresponde con una potente imagen mental en “El Jardín de senderos que se bifurcan”[7], donde la vida pasa a ser un espacio de tiempo en el que se opta simultáneamente por todas las infinitas posibilidades:

En todas las ficciones, cada vez que un hombre se encuentra con diversas alternativas, opta por unas y elimina otras; en la del casi inextricable Ts´ui Pên, opta-simultáneamente- por todas. Crea, así, divertidos porvenires, diversos tiempos, que también proliferan y se bifurcan.”

 Los acontecimientos excluyentes se hacen simultáneos en este espacio según Deleuze[8]. La muerte no es una meta que se alcanza, sino un borde al que nos arroja la suerte, un porvenir que no llega. El tiempo “se ha desenvuelto, enderezado, ha tomado la figura última del laberinto, el laberinto en línea recta que es invisible, incesante, como expone Borges al final de “La muerte y la brújula”[9]:

Yo sé de un laberinto griego que es una línea única, recta… para la otra vez que lo mate le prometo este laberinto, que consta de una sola línea recta y que es invisible, incesante.»

La muerte ya no le ha de esperar a uno en el punto medio C que une A y B, ni siquiera en el punto medio D que une A y C… Sino que uno puede seguir haciendo ese proceso infinitamente para encontrar el punto en el que le van a matar sin terminar de hallarlo nunca. Y es que no es otro que el punto límite de la progresión geométrica de la fábula de Aquiles y la tortuga, de la paradoja de Zenón.

Todavía más intrigante según Deleuze, si podemos figurarnos a lo que se refiere:

 “El tiempo vacío […] es exactamente el instinto de muerte. “Cada presente se divide en pasado y en futuro, hasta el infinito. O mejor, un tiempo así no es infinito, porque nunca vuelve sobre sí mismo sino que es ilimitado, en tanto que pura línea recta cuyas dos extremidades dejan de alejarse en el pasado, de alejarse en el porvenir.”

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[1] Deleuze, Gilles. Lógica del sentido. VIGÉSIMO SEGUNDA SERIE, “PORCELANA Y VOLCÁN”.

[2] Fritzgerald, Francis Scott, “The crack-up”.

[3] B de bebida en “El Abecedario de Gilles Deleuze (L’Abécédaire de Gilles Deleuze)”, programa de la televisión francesa producido por Pierre-André Boutang en 1988-1989, emitido en el año 1996, que consiste en una serie de tres entrevistas que Claire Parnet le realizara al filósofo.

[4] Deleuze, Gilles. Lógica del sentido. DÉCIMA SERIE, “EL JUEGO IDEAL”.

[5] Carroll, Lewis, Alicia en el país de las maravillas.

[6] Borges, J. L., Ficciones, “Lotería de Babilonia”, Alianza Ed.

[7] Borges, J. L., Ficciones, “El Jardín de senderos que se bifurcan”, Alianza Ed.

[8] Deleuze, G. (2002) Diferencia y repetición ed. Ed. Anagrama, pág. 182.

[9] Borges, J. L., Ficciones, “La muerte y la brújula”, Alianza Ed.

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